El cambio climático está transformando progresivamente la forma en que se gestionan los cultivos. El aumento de las temperaturas, las olas de calor cada vez más frecuentes, la creciente escasez de agua y las restricciones al riego en muchas regiones están convirtiendo la disponibilidad de agua en un factor cada vez más decisivo para el éxito de la producción agrícola.
En este contexto, los términos sequía y estrés hídrico suelen utilizarse como sinónimos. Sin embargo, hacen referencia a dos realidades diferentes.
La sequía es un fenómeno climático. El estrés hídrico, por su parte, describe la respuesta fisiológica de la planta cuando ya no puede satisfacer sus necesidades de agua.
Comprender esta diferencia es fundamental. Un cultivo puede experimentar estrés hídrico mucho antes de que se declare oficialmente una situación de sequía. Cuando aparecen los primeros síntomas visibles, la planta ya ha activado mecanismos de protección que pueden afectar a su desarrollo y a su potencial de rendimiento.
